Copia certificada.
Dirigida por Kiarostami.
Juliette Binoche ganadora del premio a Mejor Actriz del Festival de Cannes 2010
Artículo: Lucía Alcina
Viaje al desencuentro
Ésta es una película para observadores, para los amantes del documental. Y está lejos del gusto de los soñadores, y del placer del espectador práctico. El ser humano es visto a través del microscopio, y su relación con el mundo se nos hace tan lejana y compleja como la reproducción de la langosta.
¿Y por qué escribo sobre ella? Porque toma el tiempo necesario para describir la dolorosa metamorfosis que se produce con el paso del tiempo, y la describe desde la oscuridad de la crisálida en la que los humanos nos ocultamos en nuestra madurez, hasta el momento de crisis en el que rompemos su esqueleto para convertirnos en mariposas.
Todo comienza con una madre en una sala de conferencias enamorándose de un hombre. Éste defiende las obras de arte originales frente a las copias. A partir de ahí comienza una relación que dura un solo día, un viaje de unas horas en las que se condensa toda una vida. Y en ellas el director nos muestra que la ilusión, la alegría, y la fuerza de un “original”, son irrepetibles. Y por tanto, una “copia” de la sonrisa de la Gioconda de Da Vinci siempre nos dejaría vacíos.
Juliette Binoche interpreta, especialmente en los largos primeros planos de la escena del restaurante, a una falsa Gioconda que desea volver a ser su original. Y es en este momento cuando entendemos que se trata de una película sobre el paso del tiempo. Sobre el desamor. Sobre lo duro que es mantenerse “original”, sobre el esfuerzo infructuoso de sostener una ilusión.
“Lo único que ella necesita es que camine junto a ella.” Esta sencilla frase, que un individuo le dice al falso marido de Juliette, lo resume todo. La mujer es descrita como la parte sentimental de la pareja, el individuo que quiere mantener viva la llama de la relación original, y para ello colorea a cada paso el rastro gris del tiempo.
El hombre, en cambio, se siente incapaz de disfrutar de un sencillo vino. ¿Por qué con los años requiere una exquisitez sublime para concentrar su atención? Exige esa exquisitez porque le concede el honor de hablar de su conocimiento sobre el vino. Le concede alabarse así mismo. O lo que es lo mismo, esconderse en una brillante crisálida. ¡Cuán diferente a la sensación alegre de la juventud de beber un vino por el simple hecho de “compartirlo”, o de disfrutarlo! ¿Por qué no quiere compartir ya? ¿Por qué camina solo? ¿Por qué se esconde en su trabajo?
Copia certificada recuerda a Viaggio in Italia de Rossellini, en el que Ingrid Bergman y George Sanders interpretan a un matrimonio en crisis que viaja a Italia, donde se ven envueltos en un volcán de sensaciones de una cultura extraña que les hace sentirse solos y desamparados. Y este vértigo ante el abismo de lo desconocido los reúne de nuevo bajo la protección de la “cultura” que comparten. La cultura entendida como la trama de momentos, decisiones, gustos, miradas, formas de entender la vida, compartidos por una pareja. Una microcultura que no es posible construir con silencios y distancias. Una masa abigarrada de emociones y situaciones que se han vivido, y superado, en común.
Kiarostami, al contrario de Rossellini, estudia al matrimonio que carece de una cultura compartida. En la escena de la taberna, el marido, inglés, explica así a la tendera por qué no habla el mismo idioma que su mujer, francesa, después de cinco años viviendo en un país extranjero: “Es que mi familia hace su vida, y yo la mía”.
Ante la falta de una “cultura” que los una, la pareja no tiene otra opción que reinventarse a sí misma, puesto que las copias falsas no perduran, ni alimentan el alma. Cómo decidamos romper nuestra crisálida es una aventura. Algo parece claro. Ya sea a la manera de Rossellini o la de Kiarostami, las relaciones no se construyen solas.
* Recomiendo escuchar esta canción después de leer mis comentarios sobre la película
Volcano de Damian Rice
domingo, 5 de junio de 2011
jueves, 19 de mayo de 2011
Allen, y la imaginación como antídoto . Midnight in Paris
Allen, y la imaginación como antídoto
Artículo: Lucía Alcina
15 de mayo de 2011
Ayer fui a ver Midnight in Paris, de Woody Allen. Al salir del cine, una tormenta primaveral nos impidió comentar qué nos había parecido. Mientras iba hacia el coche empezaron a surgir las preguntas. ¿Por qué había elegido el director a Owen Wilson como protagonista? ¿Por qué daba la impresión de ser una película más compleja, detrás de su sencillo argumento? ¿Por qué me surgían “preguntas” en lugar de opiniones?
París. Imaginemos. Allen tiene ante sí la ciudad de las luces y decide pintar un cuadro impresionista, plasmar el instante, sin reparar en las formas, dejando que el espectador con su mirada acabe el cuadro. Cada espectador, un cuadro. Cada visión, una verdad. Creo que Woody Allen ha querido hacer una defensa de la individualidad frente al pensamiento único. No en vano hace un guiño al Renacimiento hacia el final de la película.
Allen es capaz de mostrar esa impresión sutil de falta de libertad sencillamente desnudando a sus personajes: al que piensa por sí mismo, es fiel a su verdad y sincero con el mundo como el espectacular Hemingway interpretado por Corey Stoll; al que opina y unifica todo pensamiento en el suyo propio, al que no piensa por sí mismo y se abandona ciegamente; y especialmente a la futura esposa, personaje que, ni crea, ni opina, pero obliga a los que le rodean a seguir una corriente de opinión.
La futura esposa es un personaje aterrador que Allen presenta graciosamente envuelto de un cuerpo maravilloso y una auto-seguridad extrema que la lleva a establecer a su antojo el orden del “bien y el mal”. Su atractivo directo y agresivo queda grabado en la retina.
Y al llegar al verdadero protagonista, Gil Pender de Pasadena, tengo que respirar profundamente unos segundos. Reflexiono sobre el casting. Imagino a un Adrian Brodi en la piel de Gil y en la fantástica comedia de la que hubiésemos disfrutado. O a Ethan Hawk y cómo la comedia romántica se hubiese renovado. Pero tal y como decía Paul Gauguin, “yo las pinto así, porque las veo así”. Y aquí es donde encontramos la mirada del director (mirada, y no interpretación). El protagonista no debe desviar la atención del cuadro. Y afortunadamente el papel de Dalí demuestra que estaba esperando al Sr. Brodi para que lo interpretase. Magnífico Adrian Brodi.
Para evitar la empatía excesiva, Allen escoge a Wilson, como el pintor que elige su color base para expresar armónicamente su gama de colores. Para poder deslizar el pincel, y dar pinceladas sorprendentes, sin que se eclipsen unas a otras. Estudiando la luz de forma tan natural, que no genere claroscuros al mostrar el contraste entre la musa incandescente, que representa Adriana, y el hermético mundo de Paul el pedante.
Porque Gil Pender de Pasadena es un hombre corriente, sencillo, normal, libre, “un hombre en su sentido más honroso” como diría Thomas Mann. Es un personaje que vaga, se pierde, comete errores, sueña despierto, y busca dar sentido a su vida intentando sacar de sí algo que valga la pena, algo que haga feliz a los demás como Hemingway o T.S. Elliot le hicieron feliz a el.
Y decide correr la aventura de averiguar quién es en realidad. Cree que lo hace vagando, y que es tan sencillo como esperar a las campanadas de medianoche. Porque Gil tiene una herramienta portentosa que nos transporta a otra época. La imaginación. Ese instrumento pernicioso que su aterradora novia califica de tumor. Esa capacidad de ver las cosas de otra manera, la capacidad de describir una pintura sin haber leído sobre ella.
Ante la dificultad de plasmar esa voluptuosidad de impresiones, Gil vaga en la noche parisina a la espera de que la “calabaza” se convierta en un automóvil de principios de siglo, y los príncipes de la generación perdida le saquen a bailar hasta que su obra cobre sentido.
Comienza entonces el apasionante juego en bucle de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. La verdad se presenta con el rostro de Hemingway, la exquisitez se enmascara de Fitzgerald, la rebeldía se viste de Zelda, la magia de Dalí, y la sabiduría se acomoda en el cuerpo de Gertrude Stain. Y para poner en marcha todo ese engranaje encuentra el motor cuyo contacto hace dejar de temer la muerte, el alter ego de la pasión, su musa.
Adriana. La película gira en torno a ella, musa a la que el protagonista sigue a través del tiempo para despojarse de lo artificial. Es ella quien defiende la fidelidad anatómica del dibujo trazado por T. Lautrec frente al manierismo de Modigliani. Es la voz que apuesta por la libertad del espectador a conocer otras épocas, y busca al artista a través del tiempo.
Y cada noche Gil sale a buscarla meciéndose al ritmo de C. Porter. El deseo de escapar del ser humano siempre llega a ese cruce de caminos en el que debe decidir entre dos realidades. ¿Cuál es aquella por la que lo damos todo con inmensa felicidad…?
Artículo: Lucía Alcina
15 de mayo de 2011
Ayer fui a ver Midnight in Paris, de Woody Allen. Al salir del cine, una tormenta primaveral nos impidió comentar qué nos había parecido. Mientras iba hacia el coche empezaron a surgir las preguntas. ¿Por qué había elegido el director a Owen Wilson como protagonista? ¿Por qué daba la impresión de ser una película más compleja, detrás de su sencillo argumento? ¿Por qué me surgían “preguntas” en lugar de opiniones?
París. Imaginemos. Allen tiene ante sí la ciudad de las luces y decide pintar un cuadro impresionista, plasmar el instante, sin reparar en las formas, dejando que el espectador con su mirada acabe el cuadro. Cada espectador, un cuadro. Cada visión, una verdad. Creo que Woody Allen ha querido hacer una defensa de la individualidad frente al pensamiento único. No en vano hace un guiño al Renacimiento hacia el final de la película.
Allen es capaz de mostrar esa impresión sutil de falta de libertad sencillamente desnudando a sus personajes: al que piensa por sí mismo, es fiel a su verdad y sincero con el mundo como el espectacular Hemingway interpretado por Corey Stoll; al que opina y unifica todo pensamiento en el suyo propio, al que no piensa por sí mismo y se abandona ciegamente; y especialmente a la futura esposa, personaje que, ni crea, ni opina, pero obliga a los que le rodean a seguir una corriente de opinión.
La futura esposa es un personaje aterrador que Allen presenta graciosamente envuelto de un cuerpo maravilloso y una auto-seguridad extrema que la lleva a establecer a su antojo el orden del “bien y el mal”. Su atractivo directo y agresivo queda grabado en la retina.
Y al llegar al verdadero protagonista, Gil Pender de Pasadena, tengo que respirar profundamente unos segundos. Reflexiono sobre el casting. Imagino a un Adrian Brodi en la piel de Gil y en la fantástica comedia de la que hubiésemos disfrutado. O a Ethan Hawk y cómo la comedia romántica se hubiese renovado. Pero tal y como decía Paul Gauguin, “yo las pinto así, porque las veo así”. Y aquí es donde encontramos la mirada del director (mirada, y no interpretación). El protagonista no debe desviar la atención del cuadro. Y afortunadamente el papel de Dalí demuestra que estaba esperando al Sr. Brodi para que lo interpretase. Magnífico Adrian Brodi.
Para evitar la empatía excesiva, Allen escoge a Wilson, como el pintor que elige su color base para expresar armónicamente su gama de colores. Para poder deslizar el pincel, y dar pinceladas sorprendentes, sin que se eclipsen unas a otras. Estudiando la luz de forma tan natural, que no genere claroscuros al mostrar el contraste entre la musa incandescente, que representa Adriana, y el hermético mundo de Paul el pedante.
Porque Gil Pender de Pasadena es un hombre corriente, sencillo, normal, libre, “un hombre en su sentido más honroso” como diría Thomas Mann. Es un personaje que vaga, se pierde, comete errores, sueña despierto, y busca dar sentido a su vida intentando sacar de sí algo que valga la pena, algo que haga feliz a los demás como Hemingway o T.S. Elliot le hicieron feliz a el.
Y decide correr la aventura de averiguar quién es en realidad. Cree que lo hace vagando, y que es tan sencillo como esperar a las campanadas de medianoche. Porque Gil tiene una herramienta portentosa que nos transporta a otra época. La imaginación. Ese instrumento pernicioso que su aterradora novia califica de tumor. Esa capacidad de ver las cosas de otra manera, la capacidad de describir una pintura sin haber leído sobre ella.
Ante la dificultad de plasmar esa voluptuosidad de impresiones, Gil vaga en la noche parisina a la espera de que la “calabaza” se convierta en un automóvil de principios de siglo, y los príncipes de la generación perdida le saquen a bailar hasta que su obra cobre sentido.
Comienza entonces el apasionante juego en bucle de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. La verdad se presenta con el rostro de Hemingway, la exquisitez se enmascara de Fitzgerald, la rebeldía se viste de Zelda, la magia de Dalí, y la sabiduría se acomoda en el cuerpo de Gertrude Stain. Y para poner en marcha todo ese engranaje encuentra el motor cuyo contacto hace dejar de temer la muerte, el alter ego de la pasión, su musa.
Adriana. La película gira en torno a ella, musa a la que el protagonista sigue a través del tiempo para despojarse de lo artificial. Es ella quien defiende la fidelidad anatómica del dibujo trazado por T. Lautrec frente al manierismo de Modigliani. Es la voz que apuesta por la libertad del espectador a conocer otras épocas, y busca al artista a través del tiempo.
Y cada noche Gil sale a buscarla meciéndose al ritmo de C. Porter. El deseo de escapar del ser humano siempre llega a ese cruce de caminos en el que debe decidir entre dos realidades. ¿Cuál es aquella por la que lo damos todo con inmensa felicidad…?
lunes, 14 de junio de 2010
Views from my inner window
Views from my inner window es un espacio donde compartir cultura, cine,
literatura, exposiciones, pintura, conciertos, artes plásticas, fotografía...
Queríamos crear un blog para expresar las sensaciones y las emociones
que tenemos al disfrutar de una obra artística, y al observar la naturaleza.
Cada uno de nosotros tiene una visión del mundo, y compartir esa visión nos parece enriquecedor. En ese caleidoscopio de miradas quizás descubramos algo de nosotros mismos.
La escribimos para compartir. En aquellos momentos en los que no se sabe qué ver, qué leer o dónde
viajar. No es un lugar de crítica, ni de descripción de tramas o sinopsis. Siempre que nos acercamos a una obra, o a un lugar en la naturaleza, y decidimos hablar de ella, es porque nos deja de alguna forma una huella.
Esperamos que este blog sea de su agrado, el administrador.
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